EDUCAR COMO SI FUERAN ESTÚPIDOS

escuela estupidos

EDUCAR COMO SI FUERAN ESTÚPIDOS

Cuando yo era pequeño, había calles y carreteras que eran atravesadas por vías de tren.

Incluso había niños y niñas que para ir a la escuela iban andando y haciendo equilibrios sobre las vías del tren. No había barreras ni vallas. Todo el mundo sabía que si venía un tren tenía prioridad. Tan sólo se aplicaba la vista, el oído y yo diría que hasta el sexto sentido.

Entender la prioridad del tren, era comprender de qué va la vida. Hoy esto en mi país es impensable.

Hubo un tiempo donde la sociedad apelaba a la inteligencia de la ciudadanía, incluida la de la infancia, por eso los parques infantiles estaban construidos con materiales tan rudos como robustos, que si bien podían descalabrar a cualquiera, se presuponía la autoprotección de los propios infantes. La escuela era un laboratorio donde aprender desde lo positivo y también donde entrenar el músculo de la frustración, vivenciar los sinsabores de las habilidades interpersonales y hasta experimentar el dolor.

Hoy la sociedad educa como si fueran estúpidos, ocultándoles el riesgo y superando por ellos cualquier vicisitud que requiera afrontamiento.

La escuela es sobreproteccionista. Protege al menor de cualquier incierto acontecimiento, se protege a sí misma de cualquier denuncia, se protege de la administración. Protege de cualquier propuesta que implique riesgo y crea un escenario donde el niño y el joven tiene poco que decidir o arriesgar. Se sobreprotege al menor de los peligros, hasta tal punto que se le hace invisible la posibilidad de que algo o alguien pueda dañarle. Y claro, algo o alguien puede dañarle, y cuando esto pasa le desborda el acontecimiento.

La sociedad reclama a la escuela que evite el riesgo, porque se presupone que el alumnado está falto de inteligencia, es torpe y necio. Por eso propone prohibirle la tenencia del smartphone en horario escolar,en vez de enseñar a usarlo en el aula. Por eso no deja al alumno ni a sol ni a sombra, ni le ofrece espacios donde no esté vigilado por un adulto. Por eso evita un suspenso, que delate a todos: al menor exponiéndolo a la frustración de verse valorado negativamente ante su falta de esfuerzo o entendimiento; al docente por no enseñar a la altura intelectual del niño; al colegio por no atender la  diversidad de todos; a la administración por aparecer en estadísticas que evidencian el éxito –o no- de una ley creada lejos de una pizarra. La sociedad pide sobreprotección, hasta el punto que si un alumno no entrega ningún trabajo o deja un examen en blanco, está prohibido calificarlo con un cero, que significa conjunto vacío, por considerarse lacerante. Se me antoja que será más bien por la falta de valentía de exponer al alumno al vacío. Ese vacío que le confronte con su posibilidad de ser y hacerse persona.

Juan BELLIDO

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